Mi vida... tal cual

lunes, abril 16, 2007

Capítulo 1: The city ignites

(36 Crazyfists - The city ignites)

Abro los ojos.

Domingo por la tarde. Dios, qué asco de cuarto. Nunca he sido muy quisquilloso con el orden, pero... una vez mi vida comenzó a perder rumbo... todo desvío, todo giro, toda curva, me recuerda a ella.

Una noche de hace tiempo, paseando por el pueblo de camino a la casa rural en la que meditaba últimamente, tomando un descanso de todo lo malo, -evitando todo contacto-; me topé con un curioso local, por llamarlo de alguna forma.
Podía verlo, estaba a unos quince metros, pero... tenía que atravesar un oscuro túnel, un pasaje que no duraría más de 5 segundos a paso ligero...
Comienzo a contar los pasos: uno, dos...

Abro los ojos, estoy desconcertado, creo estar en mi cuarto, pero... la iluminación me susurra otra cosa. Sólo llega una tenue luz desde arriba. Debo haberme caído. Extrañamente estoy ileso, sólo queda el dolor fantasma de haber perdido un dedo. Sé bien qué se siente, de pequeño... digamos que mi meñique se obcecó y decidió tomar otro camino. Miro a mi alrededor: todo es acogedor... desconcertante.

Pasan los minutos y permanezco sentado, apoyado en la pared; me recuerda a esos momentos muertos en el sofá al terminar de ver en el ordenador una película, con la mente gritándome que me levante, que la cama está sólo a dos pasos, y mi cuerpo prevaleciendo en su dominio por fuerza.

Mis ojos se acostumbran, percibo algo nuevo. Una abertura, un orificio, algo más oscuro que el resto del habitáculo, en el suelo, a unos dos metros de mi.
Como por arte de magia comienza a recorrerme esa sensación de reto, de desafío que te invade cuando parece que la mente, vengándose por las anteriores derrotas domina al cuerpo, engañándole disfrazada de curiosidad.
Siento un deseo impetuoso de caer. Pensándolo bien, siempre me ha desmoralizado saber que tengo que nadar en el aire, que enmendar mis errores, que no volver a cometerlos. Caer es fácil, sólo basta superar esa pequeña distancia.

No es el ansia suicida lo que me hace dar ese último paso que me falta para sentir, saber y probar qué me depara esta locura.

Una habitación blanca, imperturbable e impoluta. Alguien explicándome el sentido de la vida, la razón de mi existencia. Cayendo me río de lo estúpido que suena haberme imaginado todo ello y que, aún así, nadie lo está escuchando -sin motivos para hacerse el showman-.
No; lo que me encuentro es muy diferente. Oscuridad. Así me ha ido en la vida, sintiéndome atraído por lo ilógico e incomprensible. Imaginaba de pequeño qué producían los sonidos nocturnos de la casa de mi abuela, de joven que mi postura psicoanalista me haría ganar muchos puntos con las chicas.

Nada productivo.

Busco. Más en mis adentros que dónde me encuentro. De alguna manera no estoy estresado. Siempre he sido algo... no sé, la gente suele denominarlo cinismo, pero... de alguna manera prefiero llamarlo insensibilidad. Cuando mi padre iba a ser operado de corazón, yo quise verlo. En directo. Mi abuelo murió y aún viviendo bajo su techo no dejaba de creer que seguía en algún lugar.
Aún después de haber visto su ataúd.

De pronto, algo viscoso me toca. Siento asco, repudio. De alguna manera me siento como en el día a día con respecto a las relaciones humanas, por eso me vine a este pueblo, por eso estoy aquí, me digo, molestas y dolorosas.
Creía que fue mi imaginación pero... Dios, otra vez. Lentamente comienzo a percibir extraños sonidos, todos en la habitación. Oh... ya entiendo. Siento como nuevas notas llegan desde el techo. Están cayendo. Ya puedo oírlos llegando con gravedad -ambas- al suelo; un suelo que está entre lo orgánico y el piche con cemento...

El roce es inevitable, cada vez el espacio es más pequeño y hay más de nosotros. Ya ha comenzado: Como al unísono, empiezo a oír un grito, un llanto, una llamada, un sonido tan severo que en mi sinestesia siento no poder respirar.
Como por seguridad, cuando justo antes de caer un disco duro guarda las cabezas y las protege del impacto, mi mente sólo está como espectador.
Sólo me llega una vaga sensación llena de eco de que mi cuerpo está hablando con otros. Estoy en blanco, aunque oscuridad no me falte.

Sentado, siento impregnárseme las piernas cada vez más de algún fluído. Algo está cobrando nivel en la sala. No intento levantarme, una vez más, indiferencia.
Cuando, -como siempre- descubro que fue un error, demasiado tarde, aún de pie, el nivel me ha superado ya con creces.
Dios, la viscosidad me impide moverme. Me ahogo. Cada vez siento menos... mi cuerpo. Mi mente va ganando terreno hasta que...

-Fundido-.

Despierto solo. La tengo delante, al abrir los ojos.

-Fin del capítulo 1-

2 Comments:

Blogger Mina said...

Me encanta... mucho mucho mucho amore :)

11:07 p. m.  
Anonymous El Meloso said...

Puta mierda.

1:13 p. m.  

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