Mi vida... tal cual

viernes, mayo 04, 2007

Chapter 2 : Erase myself.

(Linkin Park - What I've done)

Abro los ojos. Como el sol por la mañana, un color verde grisáceo -aunque no por ello menos intenso-, me da la bienvenida de mi largo letargo. Una leve molestia en la cabeza, que aunque no llega al trono del dolor, no para de tocar las campanas anunciando su presencia.

El tiempo se para. Me sonríe. Me pregunto qué coño ve en mí. Me coge la mano, todo parece perfecto. Me arranco la vía. Me duele, aunque... nunca más que sentirme atado a una máquina, con un trozo de metal en mi inmaculado -por decir algo- cuerpo.
Como en lo alto de un rasca -acaricia- cielos, con a tus pies la inmensidad y esas ganas impetuosas de caer que anteriormente había sentido, algo vibra intensamente.
No gesticulo palabra alguna; descalzo, salgo de la habitación.

La calle. Qué mejor ejemplo... la prueba tangible de que una invención humana logra invadir toda una especie... cómo el tiempo, inexistente todo él, consigue apretarnos cual soga, cortarnos cual guadaña.

Todo se hace blanco. Despierto junto a mi cama, desde la alfombra destinada a zapatillas, animales domésticos. Todo lo que recordaba ya no está. Sólo una caja de cerillas en mi escritorio.

Revivo todos esos momentos, hojeo libros, álbumes de fotos... en mi mente. Todos ilustran de una manera u otra vivencias, desengaños, dicha, congoja... Me sacio de recuerdos, ya no los necesito. Contemplo una cerilla al prenderla. Incapaz de dirigirla -o siquiera digerir su presencia-, observo cómo se va consumiendo.
Mi alma arde con ella.
Me despierto de mi trance, mis dedos me gritan que tanto calor es difícil de soportar.
Así hasta cuatro. A la quinta, con decisión, harto de enrojecérseme los dedos, expando el sentimiento de mi inflamable amigo a las cortinas.

Lágrimas. Caen juntas junto a mis ojos. El calor me invade. Siento su intensidad, momentáneamente no me siento tan sólo.

Me aseguro de que todo que date sobre mi existencia prenda, incluída la caja de cerillas. Salgo con lo puesto, sin nada en los bolsillos.
Repentinamente, el tiempo deja de molestarme. Adiós estrés, adiós mirar al reloj preguntándose si conseguiré lo propuesto para la franja horaria establecida por mi propia mente -esclavizada por una tontería ampliamente extendida-.

El bosque. A unas dos horas de mi habitación ya en cenizas. Me adentro en la oscuridad. Unos rojos ojos me observan, aún así... me adentro en la opaca penumbra. La ausencia de luz me calma, impide esclarificar todo mi ser, analizarlo como si se tratase de un pescado, deshollando sus adentros. Como en el espacio: el vacío y yo. Camino sin sentido ni rumbo prefijado hasta no sostenerme en pie. Justo antes de cerrar los ojos, logro distinguir algo así como un rayo de luz.

Desayuno. Completamente desorientado en cuanto a la vida que solía llevar y la hora ficticia que sería, mi estómago se hace el único dueño del hambre. Como vuelto a nacer, salvaje, en otro medio, encuentro comida que jamás habría ingerido en mi vida anterior. Viscosos compañeros descubro para acompañar a mi abdomen.

Una cueva.
Oscuridad, humedad: Perfecto.

Dentro parezco no ser el único... el olor me indica que algo más habita en su interior. Por un momento, mi percepción aumenta, cómo si todo fuese a cámara lenta... Pasos, pisadas... Sonidos indescriptibles, crujidos inexplicables. Grotesco. Palpo la cueva por dentro: miles de cavidades forman algo enorme... una pena para mis ojos no sentir nada y poder verlos. Se estrecha conforme me adentro. El tacto de la tierra mojada me recuerda a una tarde -que más bien describiría como segundos- que pase junto a una chica, la chica; sobre el césped de la ribera de aquel río... Me había obligado a contarle parte de mi vida, aún estando yo ansioso por amarla, besarnos, extender nuestros impulsos al plano sensorial, sabiendo que se nos acababa el tiempo.

Algo me ataca. Huelo sangre, la saboreo: no para de brotar de mi nariz. Rota, pienso, pero al observarlo con mis manos noto la ausencia de carne. Oigo violentos movimientos, convulsionados ataques en mi búsqueda.

Inexplicablemente, ello y yo acabamos en unos segundos enzarzados en un macábro abrazo. Tampoco podía ver: estaba ciego. Logro tocar. Como hojas, húmedas y otras tantas secas, peludo y con secciones metálicas. Rugidos de ultratumba, el demonio mismo ha venido a reclamar a su futuro vástago. El propio anticristo impide mi segundo nacimiento, el comienzo de mi nueva vida.

Sin nada que perder intento un nuevo esfuerzo. No sé qué buscaba, pero lo encontré. Algo tan contundente que apenas podía levantar. En un impulso de violenta autoconservación, encajé el golpe del que jamás obtuve más respuesta que un desagradable crujido.

Los ínfimos aperitivos injeridos hace unas horas no ayudaban. Caí rendido. De rodillas. La humedad acogió mi inanición en forma de un profundo "sueño". Primera luz del día...

Contemplo a mi némesis.

Un oso bastante desmejorado con una trampa metálica en la extremidad superior izquierda. Probablemente debida a su inicial localización, multitud de hojas se habían apuntado al viaje al vislumbrar a un nuevo compañero desde la metálica superficie donde se encontraban.

He aquí mi gran enemigo, mi malévolo anticristo: el perfecto ejemplo de la dulzura de la naturaleza hacia sus obras, con el cuello roto.

Irrefutablemente, de vuelta a la oscuridad, a la ceguera inescrutable, al odio, al rencor, a la violencia. ¿Es que jamás sería capaz de superarlo? ¿Ni siquiera fuera de la sociedad, fuera del mundo conocido?

Jamás hubiera adivinado lo que me quedaba por vivir y presenciar. Que más allá de aquella velada comprendería mi naturaleza, mi ansiedad.

Bienvenidos a mi piscina de mugre; mi viaje comienza.