Mi vida... tal cual

sábado, junio 16, 2007

Capítulo 3: Chaos

Londres. 15 años más tarde.

Jamás pensé que duraría tanto. Todo comenzó con el encuentro que tuvimos.

John J, así me dijo que le llamase, diario. Tiempo estuve, vagando por el bosque, haciendo de cada momento una novela de terror. En tiempo humano generalizado, estuve algo así como dos años. Para mi en realidad, no habían pasado más de seis meses -al menos no conscientemente-.

El tiempo pasa despacio estando con la naturaleza, aunque a la vez rápido. Una noche, dando pisadas que más que avances al frente, parecían en profundidad hacia mi tumba, algo me iluminó. Nuevamente lo atribuí a una alucinación, podían haber interferido tantos factores: insectos o setas ingeridos venenosos, inanición, deshidratación, exclusión social...

Aletargados, mis sentidos comienzan a salir del entumecimiento. Hélices, algún tipo de sonido familiar resuena por dentro. Un helicóptero, sí, así se llamaban andaba sobrevolando la zona. Probablemente algún loco andaría por aquí suelto. No me importaba. Me siento estúpido por haber pensado que era algo así como una aparición, Dios que bajaba para decirme "Hijo, has sufrido bastante." o algo similar. Una pena ser agnóstico.

Con los labios cortados de la deshidratación y la planta de los pies perjudicada, alcancé a duras penas una granja. Fui al granero a tumbarme en la cama más funcional que pudiese encontrar, siendo paja era lo más confortable que habría de probar en mucho tiempo.

Y allí estaba él, cómo si fuese ya un habitual: John J.

-Estás perdido en tus adentros, lo noto en tu aura -me dijo-.
No sabía que decir. Mis cualidades para hablar y expresarme habían ido mellándose cada vez más. Aún así tuvo comprensión, lentamente fui durmiéndome.

Un pasillo. Las luces de neón se encienden poco a poco. Mugriento y desagradable, se descubre el paraje ante mi. Un golpe. La vibración llega a mi espalda. Me doy la vuelta. Una puerta, alguien pretende entrar. Un terror intenso me recorre por dentro. Comienzo a correr.
Las luces de neón se van apagando a mi paso, cada vez más rápido, sin esperar por mi. Siento que las manos de la oscuridad me van tocando, poco a poco, como saboreando el miedo de mi huída sin sentido.

Me despierto con mi propio grito. Alguien me susurra, todo va bien. John J me asiste. Consigue tranquilizarme y bajarme un poco el calor y el susto. Sudor frío en la espalda.

Cierro el diario, sin darme cuenta: mi corazón late a cien por hora; la historia no puede ser contada de un tirón, al menos no como esperaba, deshaciéndome de ella de una sentada.
Miro por la ventana: el Big Ben con el London Eye en la ribera de enfrente, a lo lejos. Me pongo mi cazadora y salgo a la calle.
Extrañamente, todos me adoran. Al menos, eso es lo que diría su lenguaje corporal. Hace un tiempo desde que todo ha cambiado. La humanidad, harta de enfrentarse a enfermedades momentáneamente sin cura -sólo viéndose afectada una fracción de su totalidad-, fue pillada desprevenida con este brote.

Infección, ira de Dios, enfermedad, germen. El nombre no cambiaba los efectos: Alienización.
Ahora, no quedaba nadie que no caminase encorvado, consiguiendo a cada día que pasaba, una espiral más perfecta. No era como en las novelas o películas, en las que de repente, todos se convertían en zombies, o en vampiros o seres horribles sin capacidad del habla.
Aquí todo se reducía a algo más psicológico: la obsesión. Por cualquier cosa, el motivo daba igual.
Visto de forma pragmática, era todo igual que antes, salvo que cuando se deprimían... era mejor correr. Violencia indescriptible, horrores crípticamente enrevesados. Todo el odio que antes reprimían y sólo unos pocos exteriorizaban, era ahora un sentimiento común, compartido de forma generalizada.

No me había afectado, aún no sabía por qué. Al llegar todo estaba así.

Sin saberlo, entre cavilaciones me había ido adentrando en lo profundo de la ciudad. Llegué a un callejón sin salida. Extraños gruñidos a mi espalda, lo que faltaba.

Cabreados y con hambre, lo que quedaba de los presos andaba por las calles. Lo noto en los jirones de sus ex-uniformes. También infectados. Arranco el primer madero de tamaño considerable tirando de él, llevándose consigo un par de clavos con los que antes vivía esclavizado a la valla. Elevo el arma en pose amenazante. Me cuesta pensar que toda esta parafernalia de intimidación ya no sirve para nada, no entienden de miedo, de nervios.

Sus bocas sangrantes me dedican una sonriente mueca macábra. Quiero que todo acabe, pero me niego a ceder. Me preparo para el enfrentamiento. Suenan campanas lejanas, el encuentro apenas acaba de comenzar.