Mi vida... tal cual

domingo, junio 17, 2007

Chapter 4 : Her

(...)

Pruebo portal tras portal, puerta tras puerta. Debo esconderme, no hay otra escapatoria. Por momentos desaparece de mi cabeza ese cinismo, esa negatividad que me hiciese tender hacia el conformismo. No tengo tiempo para pensar.

Descubro una puerta semiabierta. Me adentro en la estancia que me espera tras ella. Los dos primeros muebles que encontré los arrinconé contra la puerta, impidiendo la entrada. Y mi salida.

Me siento en el suelo, apoyando la espalda contra la mesa de noche impidiendo movimiento alguno de la puerta.
Siento las vibraciones de mis "adoradores".
De alguna manera la extenuación me mantiene al margen:
Lentamente mis párpados se comienzan a cerrar... No, no ahora, tengo que... huir...

Mis ojos cerrados, unos esponjosos labios uniéndose a los míos, haciendo presión sobre la tapia de mis palabras. De alguna manera sentía, pero las palabras salían solas. Ya había ocurrido, era parte del pasado. Lo había olvidado. Ahí estaba la chica del hospital, de la que tanto había querido huir, como para quemar mi propia casa; como para no dejar rastro y que me perdiese la pista.
Presencié vivencias agradables como no lo hacía desde hace muchísimo... Caminar sin rumbo, sentarse en un banco, no importaba cuál, simplemente que sirviese como una mera excusa para amarnos. Demasiado doloroso. Sentía como si me hubiesen golpeado en la boca del estómago, espiritualmente mi cuerpo estaba en el suelo, debatiéndose por la supervivencia. Intentando pronunciar cada palabra... buscando el valor. Sólo fluía dolor de mi boca.

Algo iba a ocurrir.
Sin duda, ese algo no tardó demasiado en hacer acto de presencia: "mi" voz se tornó más grave y seria. Sus lágrimas comenzaron a suicidarse desde sus ojos. Sabía que a pesar de no tener dominio sobre la situación, lo que decía el yo que controlaba la situación, mi yo del pasado, no era verdad.
En ocasiones dañamos de forma cruel para que la herida sea limpia y no de esas que poco a poco van ganando terreno y ganándose un órgano tras otro, gangrenándolo todo a su paso.

¿Pero... acaso no había sido lo bastante cruel como para que no fuese a verme al hospital? ¿Como para que se olvidase de mi para siempre?

Estaba retomando los lazos del recuerdo... Pero poco a poco iba separándome de todo aquello a medida que parecía esclarecerse el cuadro de mis recuerdos.

Abro los ojos y vuelvo en situación. Madero en mano, poca contundencia le quedaba por repartir antes de quebrarse. Los clavos ensangrentados dejaban constancia de la violenta escena que habían presenciado momentos antes.
Oh, mierda. Las ventanas.
Demasiado tarde, en cuanto me levanté a escapar, bloquearlas, hacer algo... ya estaban dentro. Ciegos, se habían adentrado de cabeza. Dos ventanas. Uno de dos de los pioneros entre tanto fulgor no tuvo éxito -al menos, no del todo-, básicamente por lo frenético de su instinto. Sirvió de soporte para lo que vendrían más tarde, sin tener que clavarse cristales, estando él sobre ellos, reservándose para sí mismo -sin quererlo- la penitencia y el dolor que causaban.

Pocas veces en mi vida he estado en descontrol. Cuando por instantes todo parece darte igual y cuyo único motivo de existencia es subsistir y hacer lo que haga falta para ello.
La rabia por no haber terminado de poder recordar me ardía: alguien tenía que pagar. Sin pensarlo, le asesté al engendro que me acechaba a mi derecha el golpe más fuerte que pude con mi improvisada arma. Tanto, que no pude recuperarla. Los metálicos clavos se habían quedado prendados de su nueva estancia.
Desesperado, comienzo a usar todo lo que me encontré como arma arrojadiza: Lámparas, jarrones, sillas... Mi momento de gloria parece dejarlo para otro momento. La habitación se está llenando demasiado, el flujo es incontrolable. Andan como enfermos por ver que alguien permanece sin formar parte de ellos.

Subo las escaleras, no tengo escapatoria. Rompo una ventana, me apoyo en el alféizar. Camino sobre él pegado a la pared hasta la escalera de incendios. A pesar de haber sido un bajo, la calle trasera estaba a un nivel más bajo que la de entrada a la casa. Unos diez metros por debajo. Para ello necesité saltar un par de veces sobre la escalera de mano extensible desde la de incendios para que se dignase a bajar y alcanzarme a la calle.

Por un momento, todo se detiene. Olvido todo aquello que me perseguía. Dudaba muchísimo que quedasen vivos después de intentar seguir el alféizar con el incontrolable miedo a las alturas que habían mostrado tiempo atrás.

Un llanto. Esos malnacidos -o lo que quiera que sean- han perdido esa capacidad o, simplemente, jamás la tuvieron. El llanto de una mujer. Alguien más había... sobrevivido.

Jamás pensé que tanta adrenalina pudiese correr por mis venas en un mismo día. No podía parar, era algo superior a mi. La alcanzo, con horror se da la vuelta, creyendo que sería demasiado tarde, que había sido atrapada.
Basta con una sonrisa -lo más sana que mi cara supo ofrecer- para que descubriese que no era uno de ellos.

Me abrazó. Sin mediar palabra lo hizo. Tan ansiado por muchos, tan imposible de conseguir anteriormente sin intercambiar ni siquiera una palabra con un desconocido, me pareció de lo más normal dadas las circunstancias.
Una vez más, como en ese parque, con Ella, Nadia, hasta que se fastidió todo; hasta que lo fastidié todo.

Un abrazo de desesperación, de dolor. Recordé a Nadia, el dolor... Caer, desear caer, incendiar mi propia casa: lo terrenal carecía ya de sentido.
Sentí que la otra componente del abrazo sentía algo similar. No nos dignamos a intercambiar palabras hasta bien entrada la noche, muchas horas más tarde. En una especie de refugio improvisado que nunca nos aportaría seguridad al completo.

Ahí escucharía con atención su historia... más desconcertante y brutal si cabe que la mía propia.