Mi vida... tal cual

jueves, septiembre 20, 2007

Tierra.

Eras una isla y pasé de largo. Ansío volver. Esa costa repleta de arena tibia y salada; esas palmeras que me hacían sentir como si colgase de ellas cual datil: así me he sentido siempre contigo, uno más de un grupo de incontables proporciones.

Sin provisiones, prosigo mi viaje. No dormir me está matando: no puedo conciliar el sueño sin algo en el estómago. Ya fuera una alucinación o no, vislumbro un atisbo de fertilidad: Tierra firme.
Llorando lágrimas vacías fruto de la deshidratación más extrema... salté del bote. Nade con brio y entusiasmo.
Una figura blanca en la playa, en la arena. "Mi amada" -susurro, para mi mismo-; me acerco. De pronto, todo aquello sobre lo que había caminado, toda creencia se derrumba. Entre mis manos, un esqueleto desmejorado en traje de novia.

Todo había comenzado una noche de discusiones. Sin darnos cuenta, el velero en el que viajábamos encalló. Fue imposible sacarlo de allí, estaba estancado en la arena. Con las provisiones más importantes, usamos el bote de emergencia que teníamos a nuestra disposición en la borda. Las más de las veces siempre nos había parecido que estaba más de adorno que otra cosa...

En espacios reducidos la frustración y el malestar pueden ser enormes e insaciables.
Soy un monstruo. No pude encontrar mi limitación. Como salido de las profundidades del oscuro lado de la mente humana -la maldad absoluta-, la había ahogado con mis propias manos.
La mujer de la que estaba enamorado, mi compañera.
Lo único que me queda son cadáveres. Cadáveres sedientos de pecados y recuerdos dolorosos -cómo no; yo, el ejemplo perfecto-.