Mi vida... tal cual

jueves, noviembre 22, 2007

My empire of dirt.

Abro los ojos, miro a mi alrededor. Una habitación de hospital. Gente hablándome, emocionada, como si me conociese.
No recuerdo a nadie salvo a mi mismo.
Las personas que han protagonizado o compartido mis vivencias han sido borradas de mi mente. Los hechos permanecen, las caras no. Reflejos del alma perdidos en la nada.

¿En qué me he convertido? Contemplo mi cuerpo lleno de llagas, aciago, desmejorado. Algo me decía que tenía 68 años. Como si de un árbol se tratase, me parecía detectar los aros de edad en forma de pliegues de piel.

Me hago daño: debo cerciorarme de que sigo existiendo; y no viviendo en un sueño infinito de desmesuradas proporciones.
Todos aquellos que había querido habían ido desapareciendo; poco sentido guardaba ya mi existencia. Una de mis últimas sonrisas y carcajadas (mis cuerdas vocales casi no lo podían aguantar, más de rabia por verme seguir y no darles descanso que por capacidad) se la dediqué a mi enajenación mental de los 20 años, cuando creía que moriría virgen.

De pronto, una de esas mañanas soleadas que te impiden quedarte en casa y obligan a postrarte al sol, lo vi. Mi ideal inexistente. Pelirroja, pecas, piel tan blanca que parece hecha de nieve... inexistente. Me sonreía: sabía que había llegado el momento.
Nunca he creído en nada, ni aún en ese instante.

Con la poca movilidad que me quedaba, cometí una de esas tentaciones sin sentido. Como en el borde de un edificio, esas ganas de tirarte, de mirar; esa curiosidad que nunca llevas a cabo por instinto protector intrínseco, había sido superada.
Siempre me ha hecho gracia pensar en mi cuerpo como un instrumento de viento. A través de una vía, soplé directamente a mi flujo sanguíneo.
Aunque vi la cara de impresión de mi visita, sonreí por última vez, contemplando como me iba hundiendo en la cama, cada vez más abajo, hasta sentir el calor de lo oscuro.