Mi vida... tal cual

sábado, diciembre 15, 2007

Cabeza de pirámide

Un largo pasillo. Estamos huyendo ella y yo. Algo nos persigue. Algo similar a los resquicios de un hombre.
Tiene una especie de caparazón en su cabeza. Tiene forma de pirámide desproporcionada, como su locura. Lleva una lanza en una mano, no nos caben dudas acerca de sus intenciones.

Un ascensor que nos sacará de todo este infierno al final del pasillo. Luz al final del túnel, esperanza tras sufrimiento. Corremos como alma lleva al diablo, pero cuando justo estamos llegando, la alcanza.

Dios, vislumbro como es atravesada. Mientras se cierran las puertas del ascensor, tengo el suficiente tiempo como para percibir su horror.
Lloro sin parar, no puede estar pasándome esto a mi. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?
Tiro la barra de metal que sostenía entre mis manos. Me siento vencido desde que descubro que, el habitáculo en el que me encuentro comienza a bajar.

Una vez abajo, tras unos 10 minutos cerrando la puerta del ascensor pulsando el botón sin apenas mirar que me aguardaba en cada nuevo piso, perdí todo miedo. El odio había vencido la batalla.

Cojo el arma, salgo del ascensor. Corro buscando, queriendo encontrar algo que machacar, que destrozar. Bonito u horrible, quería cesar su existencia.
Corro y encuentro, entes y endiablados monstruos. Voy asésinándolos uno a uno, a veces de dos en dos. Empiezo a descubrir formas de matar que jamás pensé que existirían. Descubro un asesino en mi interior, harto de toda represión anterior.

La única salida, como siempre: hacia abajo, hacia los adentros de mi subconsciente. Agujeros en el suelo que me anticipan lo que me encontraré al saltar: algo peor, mucho peor.

Nivel a nivel, las criaturas se hacen más perspicaces y mi alrededor... más sobrecogedor.

Por fin, una puerta, no un pozo hacia mis adentros. Una horca. Y allí estaba ella: María. La misma chica que había visto asesinar pisos más arriba. Intento salvarla, pero... es ejecutada. Incluso, antes de que la gravedad haga su parte, es atravesada.

Enfrascado en una ira irrefrenable, en una furia berserker, me dirijo hacia él. A pesar de tener una fuerza increíble, en mi condición poco me podía parar. Con mi penosa barra comienzo a agujerear su cuerpo desprovisto de la protección de la coraza -desde el estómago hasta sus pies-.
Al atravesarlo, tal y como lo había hecho él con ella instantes antes, contempló sus adentros llenos de insectos y una sustancia putrefacta negra.

Logra zafarse, el olor y el dolor de cabeza era insoportable. Comienzo a escuchar una sirena. Duramente me empieza a devolver todo ese daño ocasionado. Me atraviesa el tendón del pie derecho. Apenas puedo andar, escapar. Contemplo, como en tercera persona, cómo será mi muerte.

¿Tanto vivir para esto? Aguardar a algo mejor, rechazar lo que a mi juicio estase por debajo del sobresaliente. Una arrogancia que ahora iría a pagar. Todos esos pocos momentos increíbles de mi vida pasan ante mi: mi primera vez, mis últimas vacaciones felices, el tacto del sol en su piel, su calor, su forma de caminar, sus besos, la manera en la que la amaba.
Repentinamente mis pensamientos se ven detenidos por el avistamiento de algo que podría salvarme. No era gente, puesto que donde me encontraba con toda probabilidad nunca llegaría nadie. Al menos no en este momento y precisamente para ayudarme.

El material del que estaba hecho la base de la cabeza de mi némesis, reunía todas las de la ley de ceder ante un golpe certero. A duras penas, consigo coger la barra oxidada. Asesto y acierto. Sólo me había quedado apoyarme en el pie izquierdo para tomar algo de impulso y herirle.
Apenas había podido protegerse: sus heridas parecían graves.

Con un ruido sordo, cae su cuerpo. Los insectos se alejan, no sin antes caminar por entre y sobre mis pies. Me encuentro al borde la locura, con la cabeza apoyada en el suelo y todo el cuerpo contra él, contemplo a mi ansiada presa.
Lloro: la venganza no me ha ocasionado ningún tipo de placer. Siento un gran vacío en mi interior. No se trata de ese sentimiento de culpabilidad a expensas de ser castigado por la ley, esto era algo más. Difícilmente sería capaz de explicarlo.

En un último arrebato de locura, comienzo a golpearle. Tantas repetidas veces, que morados enormes empiezan a aparecer en lo que queda de su putrefacta piel. Parecía hecha a partir de pieles de otros, como si no dispusiese de cuerpo propio, como si fuera simplemente el envasado del mal absoluto, eso que sólo existía en cuentos.
Aunque hastiadamente aciago y desganado, desmoralizado, la curiosidad se mantenía en mi aún en ese momento.
Arráncale la coraza, pensaba. Hice palanca con mi intento de arma, y tras ir abriendo camino, lo logré.

Mi cara fue tornándose lentamente en una mueca irreversible de horror. El asco y la impresión me obligaban a devolver, repetidas veces. Parecía no tener fondo ni final mis propios adentros. Curiosamente, no por su forma desagradable ni por su putrefacción estaba doblándome por dentro, como si fuese una camiseta mi cuerpo, dándole la vuelta por el cuello, devolviendo mi interior sin cesar. Volteando y volteando la camisa sin un final.

Esas facciones, esos ojos...
No era nadie más que yo.
Yo la había matado.
Sus morados comenzaron a aparecer en mi piel.
Lentamente fui convirtiéndome.
Estaba condenado interminablemente a cambiar papeles con mi subconsciente eternamente: el precio a pagar por mi crimen.

Una vez surgió mi caparazón, perdí la vista, pero la audición y el olfato se intensificaron.
Ineludiblemente me comencé a mover, una vez escuché a lo lejos, unos pisos más arriba quizás, dos voces, que ansiaba encontrar.

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Basado en la saga Silent Hill (2).

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Sublime

4:04 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

joe me e enamorao
y una cosa que es cabeza de piramide?

4:08 p. m.  

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