Mi vida... tal cual

viernes, febrero 22, 2008

Asínchronos.

Érase una vez, un hombre que desconocía cómo interactuar con su propia especie. Caminaba y visitaba maravillosos lugares. Poco a poco, desconectado del sistema, fue recorriendo el mundo entero.
A su alrededor, siempre contempló parejas, amigos. Jamás supo cómo conseguirlos.
En un principio, creía que sólo se trataba del sitio en el que nació. Con el tiempo y sus viajes, fue descubriendo que su suposición era falsa: en todo el mundo estaba extendida esa ausencia de afinidad con su persona.

Poco a poco fue convirtiéndose en un ser más y más asocial. Anuló todo tipo de deseo sexual, ya no necesitaba nada de nadie. Tan sólo encontrar cualquier cosa para comer. Y en eso, el resto de la especie ayudaba con sus desperdicios.
Una mañana despertó con un dolor en el estómago que se había convertido en su amigo más fiel e inseparable: el hambre. Entró en una ciudad cercana -a donde habia dormido-. A decir verdad ya ni sabía donde se encontraba.


Sorprendentemente, la gente lo saludaba, lo tenía en cuenta. Era un vagabundo, con jirones por ropa. Pero aún así, la gente le sonreía. Desconcertado, probó hasta qué punto le llevaría su repentina carisma. Pidió ayuda. Le proporcionaron cobijo, pan y agua.
Durmió durante mucho tiempo, como si su cerebro estuviese esperando que asimilara las circunstancias. Tras mucho cavilar, sólo supo encontrar una explicación. Basándose en sus propios deseos, descubrió que cuanto más dificil era algo, más le atraía. Sólo bastaba con ignorar al mundo entero para atraer su atención.
Justo, cuando ya no le interesaba.