Mi vida... tal cual

jueves, marzo 27, 2008

Tú: mi dósis, mi rosa.

Una cima blanca, una explanada que tanto me costó escalar. Requería arriesgar la vida, cualquier ráfaga de viento podía empujar una roca que me desviase del camino, haciéndome caer al vacío.

Una vez allí, solo, a cientos de kilómetros de cualquier tipo de forma de vida humana, evoqué tu recuerdo.
Golpeaste de forma fuerte y decidida en la puerta de mi cuarto. Te abro la puerta, te insto a entrar. La determinación anterior se ve compensada por tu indecisión, quedándote a un lado de la puerta, sin saber qué hacer.
Te adentras, se para el tiempo.

Comenzamos a besarnos, el corazón me va a estallar. Olvido el tiempo y el espacio, la luz, mi alma, mi cuarto, incluso la química que me hace sentirme así.
Me parecía una experiencia tan religiosamente sagrada, que mancharla con la lujuriosa actitud de rozar sus pechos o nalgas, se me torna impensable.
Todo, hasta que preguntándome por ello, de forma indirecta me lo pidió.

Era nieve.
Tan suave y esponjosa, tan atractivamente tersa, tan... sublime.
Cerré los ojos y dejé de existir desde ese momento en el plano de los vivos. No necesariamente por encima, pero todo era ya distinto. No me importaba morir, lo había conseguido:
Tocar algo tan deseado que rozaba la obsesión y desesperación a la par. Tenía un momento que era tan sólo mío. Un momento perfecto. Jamás lo olvidaría.

Nuestros caminos se separaron como era de esperar, no todo fue de color de rosa.
De cualquier forma, mi existencia había alcanzado un máximo tal, que era difícilmente superable.
Lo que antes era búsqueda, ahora se había convertido en regocijo de haberlo vivido.

Ansiaba más, por supuesto, pero había tenido mi dósis.
Dósis incomparable a nada de lo que he vivido hasta y desde entonces.
Sólo podía ser un ángel. Y mira que siendo agnóstico está difícil que piense en semejantes términos dignos de cursiladas de quinceañeras. Pero es que precisamente, me pese lo que me pese, así es como me siento.