Mi vida... tal cual

jueves, mayo 08, 2008

Extincted sun. (Primera parte)

Otra época, otro lugar. Otra persona, los mismos sentimientos.

En la calle todo era polución. No precisamente porque el combustible se siguiera usando para los medios de transporte o industrias, sino por consecuencias a fenómenos que no pudimos prever.

Escribo en mi transcriptor con ese aroma que siempre odié a tabaco. Ya nadie fuma, pocas plantas han sobrevivido la gran ola de calor de hace cinco años. Y no, el tabaco no era una de ellas. Aún así, entre tantos olores, ése era mi más odiado y por lo tanto, era en el que más reparaba mi mente, aunque sólo fuera mi imaginación la que lo vinculaba al resto de olores que percibía en ese momento.

Los colores habían desaparecido de las calles, todo era grisáceo y sin vida. Ni siquiera el hecho de ver mujeres hermosas, conseguía sacarme de todo esa burbuja de desolación. La duda me carcomía, la desesperación me arrancaba el interior: la zona prohibida.

Estaba más allá de los límites de la ciudad, a cientos de kilómetros de la carretera que comunicaba "ciudades" con otros centros urbanos, al sur. Nada quedaba por vivir. Y lo que en un principio faltaba, ya no era necesario. No cambiaría nada. Penetrar a aquella mujer de tez blanca que tanto había deseado no me satisfaría de la manera que en un principio deseaba.
Antes perseguía sentirme como parte del buen grueso de la humanidad con actividad sexual; con quienes ellos eligiesen y quisiesen de verdad, no como fruto de la abstinencia y voluntad de liberar tensiones. Todo lo que ello representaba ya, no era más que formar parte del resto grisáceo espolvoreado que era la humanidad.

Comencé mi viaje hacia la zona prohibida. Sin armas, precauciones o dinero. Conduje hasta donde pude llevar el coche y seguí a pie. A cada paso que daba, la desolación lo invadía todo cada vez más. Desconocía si seguía el rumbo correcto, todo era tan oscuro... aún siendo de día.
Cuando las provisiones se acabaron, asumí mi derrota y que moriría allí. Desconocía el tiempo que había pasado desde que dejé el coche a un lado de la carretera para aventurarme a lo desértico de lo desconocido.
Cada vez que caía al suelo exhausto, volvía a despertarme, con un hambre cada vez más grande. Deseaba la muerte, el descanso. Como si una lanza descomunal atravesara mi estómago, el dolor no cesaba.

Una vez hube creído que me había tornado en un espectro sin vida, morando los terrenos que no pertenecían a nadie, vi unas rejas a lo lejos. O al menos, eso creí.
Continué mi camino, pero estaba demasiado lejos. Me ponía retos asequibles para llegar: "Llegar a esos restos de cactus seco", "A esa mancha en el suelo", "A esas grietas de la tierra cuarteadas tan características"... Depués de no sé ni cuanto tiempo llegué a unos diez metros de las verjas. No podía reconocer qué había, mi vista no llegaba más allá de ver borrones descoloridos por todos lados.
Caí de rodillas, ya no podía más. Con los labios rozando involuntariamente granos secos de tierra y pequeñas piedras, esperé a mi ejecutor. Y no, no fue aquella blanca musa. Fue un opaco buitre.
Cuando creía estar ya muerto, sentí un picotazo en el ojo. Un dolor distante, que poco a poco iba incrementándose, hasta llegar a lo insoportable. De pronto, surgió de dentro de mi, voluntad para seguir viviendo. Agarré el cuello de buitre y se lo torcí. Comí la poca carne que tenía. No sabía a nada. No percibía mis sentidos. Probablemente, había consumido los restos de mi ojo en su interior. Para mi cuerpo, todo era válido.

Intenté abrir el ojo herido, pero... el desastre había sido mayúsculo: estaba destrozado. Jamás había pensado en lo desagradable que es palpar tu propio ojo que ha sido hurgado en su cuenca. Tuve que sustraer lo que quedaba de él. De otra forma, se pudriría e infectaría. Curioso, como aún en momentos como éste, seguía comportándome como si me importara la muerte.


Con un ojo, me adentré por entre las verjas destartaladas. Había pagado mi precio por ello: mitad de mi visión. Nunca habría sido capaz de adivinar lo que me encontraría allí, en aquel lejano paraje.