Mi vida... tal cual

viernes, agosto 28, 2009

En el bosque 1.

Está amaneciendo. Julian empieza a percibir la claridad que se propaga por todo el bosque. No había conseguido conciliar el sueño, pero tampoco estaba del todo despierto. Era como si flotara entre ambos reinos. Estaba nervioso, hoy era su ceremonia. Contempló los árboles circundantes a donde yacía momentos antes. Sería la última vez que los vería. Había elegido ese lugar a los 10 años y desde entonces esa había sido su cama. Como toda su raza, sintió a esa edad que éste era precisamente el lugar desde el que acceder a los dominios de lo onírico.
Desconocía cuál sería su prueba de madurez, su ceremonia, pero las consecuencias eran claras: tendría que dejar el poblado. Sólo vivían en él jóvenes y ancianos. Además, los ancianos obligatoriamente tienen que asentarse en lugares donde no se criaron. Así que Julian no volvería jamás.

Tras correr por última vez entre árboles, saltando de una rama a otra en lo alto, comenzó a escuchar los tambores de la ceremonia. Ya estaban todos allí esperando. Estaba preparado para todo. Básicamente, aunque cada una fuera distinta, las pruebas a grandes rasgos no eran más que dilemas morales que no tenían fácil solución. Eso sí, adaptados a cada uno. No había una buena o mala solución, ni ganador ni perdedor, era simplemente tomar una postura en un dilema comprometido y asumir sus consecuencias con madurez. En ocasiones tenía lugar incluso derramamiento de sangre.
Pero Julian estaba preparado para eso. Incluso, en parte, en lo más hondo, lo deseaba. Deseaba poder marcar su partida con algún tipo de cicatriz que quedara marcada en la mente de los presentes. Se acercó al anciano más viejo de la comunidad y le susurró: "¿Cuál es mi prueba?".
-Irte sin más.
-¿Cómo?
-Tal y cómo lo oyes, marchar sin mirar atrás, sin una última prueba, ése es tu desafio.
-Pero...
-Sé que estás preparado para todo, o al menos, eso crees; por eso te ordeno esto, porque marcharte sin más es algo para lo que nunca te educaron.

Julian, con lágrimas en los ojos, intentó guardar en su cerebro lo que veía en esos momentos. Se giró y comenzó a caminar. Luego, avergonzado a la vez que sentía congoja interior, comenzó a correr, sin mirar atrás. Eventualmente, comenzó a atardecer. Había perdido la noción del tiempo, llevaba bastante ya sin oir a nadie.

Siempre se había preguntado de dónde venía la descendencia si sólo había ancianos y jóvenes en los poblados. Nunca había intuido siquiera nada al respecto, hasta que vislumbró una figura a lo lejos que desconocía, la siguió y fue entonces cuando comprendió en qué consistía la madurez y de dónde venían los nuevos retoños.

Fin de la primera parte.